Después del 23 de febrero de 2019, en medio del intento de ingreso de ayuda humanitaria a Venezuela, más de un millar de funcionarios de la Fuerza Armada atendieron el llamado del presidente interino Juan Guaidó y luego de cruzar la frontera hacia Colombia se las arreglan como pueden ante la falta de apoyo. Jorge Patino y Kevin Castro son dos de ellos y cuentan su historia luego de dejar sus puestos en la Guardia Nacional y establecerse en el vecino país

#AyudaHumanitaria

Desde su elección como presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó hizo un llamado a los militares para que se pusieran “del lado de la Constitución” y apoyaran el movimiento para restablecer el orden democrático en el país. El día clave fue el 23 de febrero de 2019, fecha cuando ingresaría la ayuda humanitaria proveniente de distintos países, recolectada por el también presidente interino y su equipo. Poco a poco se fueron sumando efectivos. El 25 de febrero eran 167 los miembros de las fuerzas del orden que pasaron la frontera hacia Brasil y Colombia, luego la cifra superó los 1.000.

Con el paso de los días aumentó el número de funcionarios que dejaron todo en Venezuela para ir a territorio brasileño y colombiano. Algunos sostienen que huyeron porque el país se convirtió en un lugar hostil, “donde la corrupción se come a los cuerpos de seguridad como un cáncer”. Al menos, eso aún piensa Jorge Patiño, exintegrante de la Guardia Nacional (GN), al atravesar la frontera.

Múltiples son las razones que llevaron a estos exfuncionarios a saltar la línea, pero al final la mayoría apunta a que el objetivo era crecer en una nueva tierra. “No quería unirme con cosas políticas, nunca pensé en eso. Yo hice carrera como militar, no como un corrupto aprovechador”, expresa Kevin Castro, uno de los 1.400 militares que cruzaron la frontera luego del 23 de febrero de 2019.

Los efectivos que atendieron el llamado aquel día, como Patiño y Castro, destacan que se sienten olvidados porque el gobierno interino no cumplió con la ayuda prometida. Llegaron para apoyar el movimiento con grandes expectativas, pero que con el paso del tiempo se fueron diluyendo. Muchos de ellos sienten que los dejaron a su suerte, pero algunos decidieron salir adelante con su propio esfuerzo.


PATIñO ES UNO DE LOS 1.400 MILITARES QUE CRUZARON LA FRONTERA EN 2019


Escapado

El 23 de enero de 2019, cuando Guaidó fue nombrado presidente interino, Jorge Patiño aprovechó su día libre para marchar en la séptima avenida de San Cristóbal, estado Táchira, como un ciudadano más en contra del mandatario Nicolás Maduro. El efectivo del Comando Nacional Antiextorsión y Secuestro (Conas) de la GN pasó como un ciudadano más entre los miles que ese día pedían la renuncia del inquilino de Miraflores.

Pero todo cambió cuando varios de sus colegas de la GN decidieron llevarse por la fuerza a una joven que estaba cerca de Patiño. “Por defenderla, por evitar que se la llevaran recibí perdigonazos en la pierna”, cuenta Patiño vía telefónica, mientras toma un descanso en su actual trabajo como repartidor para una empresa en Cúcuta. “Ese día me llevaron al hospital para verme la pierna que quedó afectada por los balines”, recuerda el joven de 24 años.

A Patiño lo atendieron rápidamente en el Hospital Central de San Cristóbal, pero el centro estaba repleto de funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Penales y Criminalísticas (Cicpc). “Todo el que llegaba herido de la marcha lo detenían, lo fichaban. Entonces salí con la ayuda de un doctor y unas enfermeras, de allí me fui a esconder en mi casa”, el exfuncionario recuerda que no estuvo ni 15 minutos en el hospital.  “Ese día detuvieron a varios allí, yo corrí con suerte”. 

Aunque aún formaba parte del Conas, Patiño destacó que no se arrepiente por haber participado en la marcha, menos de ayudar a la joven que querían detener. Cuando se reportó al comando fue detenido el mismo 23 de enero hasta el 9 de febrero de 2019. “En ese lapso pedí mi baja. Me señalaban de traidor a la patria y de apoyar actos en contra del gobierno por participar en la marcha. Por su puesto, nunca me dieron la baja”. Un coronel, al cual no quiso mencionar para este reportaje, hizo las gestiones para que lo dejaran ir.

Patiño regresó a su casa, pero duró poco tiempo. Se enteró por unos familiares que funcionarios de Cicpc lo buscaban. “Querían imputarme, pero nunca me detuvieron”, explica.

“Estuve meditando todos esos días. Yo estaba harto de todo lo que se estaba viviendo, no me parecía justo que estuviésemos rindiendo pleitesía a un gobierno corrupto y sirviendo para una fuerza que lo que hace es atacar al pueblo”, resalta. Por ello tomó la decisión de huir de Venezuela el 24 de febrero, un día después del fallido intento de ingreso de ayuda humanitaria al país. Lo hizo movilizándose a Colombia a través del Puente Simón Bolívar.

Patiño es uno de los 1.400 militares que cruzaron la frontera en 2019. “No me arrepiento ni un minuto de la decisión que tomé. Yo entré al servicio creyendo en el honor de la institución, pero una vez adentro me di cuenta de que todo era una fantasía, la corrupción se ha comido todo, ha corrompido a muchos dentro y yo no quería ser parte de eso”, resalta quien actualmente está establecido en Cúcuta, Norte de Santander, donde ha enfrentado la vida de una forma distinta. “Ser militar te da cierto estatus, sensación de poder, pero no vale la pena. Acá en esta vida de civil me siento tranquilo y estoy ayudando a mi familia. No ha sido fácil enfrentarse a la xenofobia, algunos rechazan a los venezolanos, pero uno debe tragar grueso y seguir trabajando”.


No la hemos tenido fácil, como familia, como venezolanos acá. Esperamos que a nosotros nos ayudaran, que nos prestaran atención, pero eso no sucedió. Sin embargo, acá estamos firmes luchando para salir adelante

Kevin Castro

Promesas sin cumplir

Los militares que pasaron al lado colombiano confiaron en el apoyo prometido por el gobierno interino de Guaidó: empleo y las posibilidades de radicarse en el nuevo país. Pero meses después comenzaron a protestar por la falta de respaldo.

En mayo pasado se anunció que el Gobierno colombiano pagaría tres meses de arriendo a los GN que aún se encontraran en Cúcuta, viviendo en los hoteles que dispusieron para ellos. Luego en agosto, unos 100 exfuncionarios reclamaron ante la sede de Protección de Riesgo en Cúcuta porque apenas le habían pagado uno de los tres meses para la cancelación del alquiler. Los 1.400 uniformados recibieron el beneficio del Permiso Especial de Permanencia, un documento que les permite la regularidad en el país y laborar.

“En realidad yo nunca esperé que me ayudaran. Yo siempre he trabajado, pero una de las cosas que nos dijeron al cruzar es que seríamos tomados en cuenta. Es muy difícil estar en nuestros zapatos, ya que muchos somos perseguidos en Venezuela y asumimos con valentía enfrentar al régimen, pero en verdad muy poco nos han atendido”, comenta Patiño.


No me arrepiento ni un minuto de la decisión que tomé. Yo entré al servicio creyendo en el honor de la institución, pero una vez adentro me di cuenta de que todo era una fantasía,la corrupción se ha comido todo, ha corrompido a muchos dentro y yo no quería ser parte de eso

Jorge Patiño

Las primeras semanas en Cúcuta fueron duras. Le tocó dormir en la calle cuando se acabaron las atenciones con los militares. Algunos de sus colegas fueron alojados en hoteles y se les brindaba comida, pero luego todos se sintieron olvidados, dice. “Casi quedo en la calle porque no tenía trabajo. Gracias a Dios, un buen señor me ha brindado ayuda y trabajo para su empresa. Ahora vivo con un compañero en una pieza que pagamos entre los dos”, señala. Actualmente tiene un sueldo de 800 mil pesos, aunque comenta que el trabajo es arduo repartiendo comida.

“En realidad estoy decepcionado del trato que nos dieron, pero tenemos que trabajar. Sin embargo, yo estoy dispuesto a ayudar en caso de que me requieran para cualquier apoyo desde Colombia, cualquier movimiento”, dijo con firmeza.

No hay registros oficiales, pero decenas aún se encuentran en Cúcuta, otros han emigrado hasta Bogotá y a otros estados colombianos para comenzar una nueva vida con sus familias. 

Ayudando a la gente

Kevin Castro servía en el estado Anzoátegui. Escaló hasta el rango de teniente del Comando de las Fuerzas Especiales de la Guardia Nacional. Sirvió por dos años y ocho meses, tuvo un ascenso rápido por su entrega y comportamiento. “Yo siempre fui muy reservado con mis cosas. Nunca estuve de acuerdo con las políticas de este gobierno, pero mi objetivo era llevar una carrera militar ejemplar”, afirma el joven de 24 años. 


Tenemos que reconstruir el país, debemos hacerlo y desde acá estoy dispuesto a ayudar cueste lo que cueste

Kevin Castro

“En realidad ya estaba muy cansado de ver que nuestra institución tiene la reputación por el suelo, por eso decidí desertar. Mi criterio y estatus personal no me permiten ser partidario a las órdenes del gobierno de Nicolás Maduro, no estoy de acuerdo en nada. Yo era militar, no político”.

Castro no se quedó en Cúcuta después de pasar la frontera. Siguió hasta Pamplona, un pueblo grande en la vía hacia Bucaramanga. Allí trabajó junto a su esposa como voluntario para uno de los albergues que recibe diariamente a decenas de migrantes venezolanos. “Allí brindamos ayuda, hospedaje, comida y asistencia médica para todos esos compatriotas que lo necesitan”. Luego de ocho meses decidió irse para un restaurante donde tiene mejores beneficios económicos.

Castro no olvida el día cuando partió. Salió del comando, sin decir nada, sin pedir la baja. Comenta que a pesar de su posición neutral nunca fue hostigado. Tampoco ha tenido represalias luego de irse a Colombia. “Yo me fui tranquilo, salí sin avisar del comando. Luego recibí llamadas, pero ya mi decisión estaba tomada”.

Llegó a San Cristóbal y junto a su exesposa y su hijo, tomaron rumbo hacia San Antonio. Ese 24 de febrero de 2019, al cruzar el puente fueron directamente a Migración Colombia. “No la hemos tenido fácil acá. Esperamos que nos ayudaran, que nos prestaran atención, pero eso no sucedió. Sin embargo, acá estamos firmes luchando como familia para salir adelante”. Castro pasó frío cuando saltaba de albergue en albergue. Gracias a su trabajo pudo alquilar una casa en el barrio Simón Bolívar, a las afueras de Pamplona, esperando que la situación mejorare y con la esperanza de seguir sirviéndole a su país, Venezuela. “Tenemos que reconstruir el país, debemos hacerlo y desde acá estoy dispuesto a ayudar cueste lo que cueste”.