El riesgo de contraer malaria o paludismo y el peligro de estar a merced de irregulares armados son algunos de los obstáculos que sortean quienes deciden adentrarse en zonas mineras al sur de Venezuela. Conocimos el caso de un comerciante informal y una familia de profesionales que dejaron todo atrás por la fiebre del oro. Para ellos es una opción para no partir como migrantes

Muchos venezolanos —entre ellos profesionales y trabajadores— que se instalaron en las minas del estado Bolívar están dispuestos a arriesgar sus vidas para encontrar el oro que les permita seguir manteniendo sus hogares sin necesidad de emigrar del país.

Pese a que no existen cifras oficiales actualizadas sobre cuántas personas trabajan en estos centros de explotación de reservas naturales, especialistas en la materia se han pronunciado sobre la presencia de venezolanos que, en su máxima desesperación, llegan a diario a los yacimientos para ofrecer su fuerza y salud a cambio de unos cuantos gramos de oro.

“La migración hacia áreas mineras no es nueva. Se han visto casos en diferentes épocas difíciles que ha tenido Venezuela, en las que personas de todos los rincones del país han acudido a estas zonas, pues entienden que ser mineros es su única opción para sobrevivir”, explica Mónica Martiz, presidenta de la Sociedad Venezolana de Ingenieros de Minas y Metalúrgicos.

La ingeniero detalla que ingresar a una mina en esa zona del país representa un riesgo inminente, pues no hay controles sanitarios y la presencia de grupos irregulares armados cada vez es más notoria. “Quienes se van sortean muchos obstáculos, arriesgan su salud, su vida peligra y están a merced de los pranes”, enfatiza.


EN UNA MINA DE SANTA ELENA DE UAIRÉN PARTE DE LOS MINEROS DEBEN CUMPLIR UN TURNO DE AL MENOS 12 HORAS CON LA MITAD DEL CUERPO METIDO EN UN POZO


Al margen de la formalidad

A pesar de que ninguna organización ha podido determinar cuántas toneladas de oro se extraen de minas que están al sur del estado Bolívar, precisamente por la ilegalidad que caracteriza estos procesos, lo que atrae a quienes dejan sus trabajos en busca de este mineral es el precio del gramo: 160 reales brasileños, que equivalen a 40 dólares.

Con dos “gramas” y media (como suelen decirle en las áreas mineras) se reunirían 100 dólares. No obstante, lo que es desconocido para los mineros en potencia es la cantidad de mercurio a la que se deben exponer y días de trabajo que implica extraer el oro.

Este mineral es recolectado y resguardado en un mismo envase y, al final de cada semana, se realiza el «resumen»: la sumatoria de los gramos acumulados a diario, su pesaje y la repartición de manera igualitaria entre todos los trabajadores. Los propietarios de las máquinas y el terreno se llevan un porcentaje mayor.

En la comunidad brasileña de Pacaraima hay ofertas especiales en la venta de comida a quienes paguen con oro. El mismo procedimiento se evidencia en restaurantes y tiendas de ropa.

Tras el rastro del oro

Alexander Araujo vendió papelón con limón hasta 2018. Es oriundo de San Félix, estado Bolívar, y una vez a la semana viaja hasta la frontera con Brasil a vender los gramos de oro y brillantes que recibe como pago de la explotación en el Macizo Guayanés.

“Tengo dos hijos y hasta hace dos años mantenía mi hogar vendiendo un termo de cuarenta y cuatro litros de papelón con limón. Desde hace más de una década tenía un convenio con la dueña de una hacienda en San Félix; ella me daba un saco de limón mensual de su cosecha y a cambio yo le preparaba un concentrado de papelón que le duraba todo el mes”, relata Araujo a El Pitazo tras pedir que no lo fotografiaran porque eso le podía costar la vida.

2018 fue un año crítico para Araujo, quien asegura que, aunque vendía el termo completo de papelón, el dinero no le alcanzaba. “No era que sobrevivía vendiendo papelón, era que vivía bien. Al menos tres veces a la semana almorzábamos y cenábamos en la calle, los niños, mi esposa y yo. Tuve dos opciones: cruzar la frontera o quedarme en las minas. Escogí la última porque no quería dejar a mi familia”, contó.


INGRESAR A UNA MINA REPRESENTA UN RIESGO INMINENTE, PUES NO HAY CONTROLES SANITARIOS Y LA PRESENCIA DE GRUPOS IRREGULARES ARMADOS CADA VEZ ES MÁS NOTORIA


La contaminación de las aguas con mercurio, la deforestación de zonas selváticas y sedimentación de ríos son algunas de las consecuencias generadas por la minería, situación de las que están conscientes muchos buscadores de oro como Araujo, cuyo primer pensamiento está orientado a sobrevivir y dar de comer a su familia.

Durante la entrevista, Araujo iba acompañado de otros dos mineros más que se negaron a dar testimonio de sus vivencias, pero permitieron que el equipo de El Pitazo escuchara la conversación que sostuvieron con una familia proveniente de Puerto La Cruz, que pretendía cruzar la frontera con Brasil para llegar a Chile. Uno de los mineros dijo al hombre de la familia: “En oportunidades debemos viajar hasta dos veces a la semana para Santa Elena, allá nos pagan mejor el oro, además podemos regresar con comida de Brasil”.

Insistieron a los nuevos emigrantes que para continuar viviendo en Venezuela deberían ser capaces de “lo que sea”. En su caso, aseguraron que viven en constante riesgo de ser asesinados por los repetidos conflictos entre quienes se disputan el control de las minas y, en otros casos, contraer malaria o paludismo.

Tierra sin dolientes

Un informe publicado en 2019 por Human Rights Watch reseña una serie de entrevistas tanto con mineros como con sus familiares e indígenas durante ese año. El resultado: un notable incremento de la minería al sur de Venezuela. La investigación fue respaldada por imágenes satelitales que claramente evidencian el cambio de color de los principales afluentes debido a la contaminación de las aguas con mercurio.

El Pitazo constató en una mina de Santa Elena de Uairén que parte de los mineros debe cumplir un turno de al menos 12 horas con la mitad del cuerpo metido en un pozo.

A los mayores los envían a “lavar las alfombras”, que son las esterillas donde son arrojados todos los residuos que contienen oro y diamantes, con la condición de que tengan una visión perfecta para que no se les escape “el material”, como les llaman a estos minerales.

Una familia en busca de El Dorado

Como si se tratase del guión de una película hollywoodense, una familia caraqueña emprendió el viaje de sus vidas hasta Santa Elena de Uairén con el propósito de extraer oro de forma artesanal.

La hazaña que pretendieron realizar fue a finales de 2019 y se debió a que los ingresos no les daban para vivir, a pesar de los títulos universitarios de la madre, el padre y el hijo mayor. En Caracas, la madre era administradora en un ministerio; el padre estaba jubilado de un cuerpo policial, y el hijo mayor es ingeniero en informática. Aún así, no podían mantener a los dos pequeños de nueve y diez años de edad.

Los Rodríguez llegaron a su casa vacacional, que está en este pueblo fronterizo, junto a sus hijos. Pensaron que el conocimiento sobre las rutas donde acostumbraban acampar en sus antiguas vacaciones les serviría de guía.


LOS MINEROS VIVEN EN CONSTANTE RIESGO DE SER ASESINADOS POR LOS REPETIDOS CONFLICTOS ENTRE QUIENES SE DISPUTAN EL CONTROL DE LAS MINAS


Cargaron su camioneta con palas, picos, tobos, comida, agua, carpas y demás indumentaria que requerían para dormir en la sabana. “A las dos horas de haber comenzado estábamos completamente exhaustos. Mis hermanos estuvieron bañándose en un río cercano, pero se agotaron. Tuvimos que regresar a Santa Elena y dejarlos al cuidado de una indígena amiga nuestra. Fue un sueño que duró una semana”, cuenta el joven profesional.

Cuando indígenas notaron su presencia intentaron desalojarlos. Les advirtieron que si traían equipos mineros debían pagarles un porcentaje de lo que extrajeran. Pero cuando conocieron que pretendían sacar oro de forma artesanal, sólo con sus conocimientos básicos, les dijeron que agradecieran que fueron ellos quienes los interceptaron y no los grupos armados que comenzaron a aparecer desde 2018 en la Gran Sabana.

Con referencia a este tipo de casos, Mónica Martiz enfatiza que: «El espejismo de que es un trabajo fácil está latente, y si a algunos les resulta fácil deben tener en cuenta que es una labor sacrificada y peligrosa».